Sombras de luz

69511_N_20-08-14-13-42-57Si hubiera un libro escrito que hablase sobre la historia de la Humanidad, quizás no encontraríamos letras, sino la imagen de un desierto desvirtuado, una tierra estéril, herida por los agravios del ser humano.

Con los ojos del ángel, que observa desde el cielo, estaríamos contemplando un mapa de líneas, divisiones artificiales de lo que al nacer fue un cuadro de un solo color, una tonalidad lisa, de donde emergió todo lo creado: un mismo éter, un mismo azul. Con los ojos de los hombres reconoceríamos en esas líneas muros de piedra, ladrillo y espino, construidos con el desesperado intento de separarse de aquél que nació del mismo árbol, por miedo a usurpaciones de trono, regalado desde nacimiento, aunque no por ello heredado. En cambio, con los ojos del niño no estaríamos contemplando más que a la misma fortuna, cara a cara, la aventura de un destino caprichoso que no hace más que abrir cada día un paso más hacia el frente de lo inesperado.

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Con los ojos de los ángeles advertiríamos desde arriba mareas rojas y negras, de destrucción y desesperación, que llegan rápidas y descontroladas buscando el amparo de luces que se ven brillar, numerosas, pero débiles y a veces escondidas y recónditas; mareas que anhelan fundirse con esas pequeñas linternas para pasar de tonos contrastados al blanco completamente desaturado, sin más diferencia de color y de luminosidad. Los hombres, por su parte, contemplan esas mareas desde el frente, advirtiendo su rostro, expresión del deseo y del sueño, inmortal a pesar del ruidoso mal; sueños agarrados a la esperanza que únicamente se quiebra con el último aliento, arrebatado por el choque de pasiones opuestas, enfrentadas. En cambio, el niño encontraría eternidades dentro de todos esos corazones heridos, tesoros sin descubrir todavía, anhelando brillar ante el primer aventurero capaz de reconocer el valor que llevan dentro; pero un valor no material sino forjado con el material más preciado: el amor.

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Los ángeles verían desde arriba un choque de luz y sombra en ese encuentro de mareas, una explosión donde el amor bracea buscando la forma de atravesar esas corrientes descontroladas de emoción, provocadas por muros tambaleantes, porque se han construido de manera artificial, con el “yo” del egoísmo egocéntrico frente al “nosotros”, universal y fraterno. Los hombres tratarían de definir a esa explosión provocada por el encuentro entre luz y sombra como “choque de civilizaciones”, resultado de las diferencias creadas por él mismo; y seguirían buscando l amanera de levantar pirámides, paredes y murallas, cambiando las divisiones tradicionales por otras que puedan acoger las ansias de todos esos rostros que contemplan desencajados, desorientados, un cielo cada vez más encapotado por los humos provocados por el dominio del rojo y el negro, tratando de entender que la luz no es blanca sino gris, porque el negro también toma partido en este juego de colores y luminosidades. En cambio, inocentes y libres de exagerada sabiduría y prejuiciosa experiencia, los niños advertirían, en la escandalosa explosión de luz y sombra, el flashazo de una fotografía lanzada desde el cielo buscando captar en una instantánea un puzzle convertido en cuadro, una tela llena de nudos que parecen enredados y al azar una hermosa imagen con todo su sentido donde el color no se vería sin luz, ni la luz sería sin la sombra.

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