El buen musulmán y el significado del martirio

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¿Podemos pensar que el Islam en sí es producto del extremismo y que realmente invita al creyente al martirio? Hay un amplio debate sobre el trasfondo de la religión islámica y muchos son los que encuentran en sus versículos palabras que invitan poco a la paz o a la concordia con aquellos que no comparten esa misma fe. No obstante, como a su vez ocurrió con el cristianismo en tiempos de las Cruzadas –en el que se usó la religión para justificar la guerra santa-, la fe se suele manipular por los intereses políticos: “La religión, ciertamente, es parte de la mezcla, especialmente en naciones frágiles y bajo regímenes autoritarios, pero entra en juego no por la naturaleza de la fe sino por la forma en la que ésta es manipulada y abusada”[1].  El Islam, de esta forma, se convierte en una herramienta de atracción para el extremismo violento y una justificación de sus ideales y actos.

Los radicales islamistas potencian el sentido del martirio –del sacrificio- con su vinculación con la fe. Para ellos, creer es no temer a la muerte, porque quien teme a la muerte significa que se ha aferrado a su vida, a una vida que no le pertenece y que además le ha sido dada por Dios; quien teme a la muerte desprecia lo que Dios promete así como la responsabilidad que todo creyente debe tener: la Yihad (el gran esfuerzo de fe). De esta idea, los terroristas aprovechan la justificación de sus actos y condenan a los otros musulmanes que no lo valoran, que no lo entienden o que no lo practican porque entonces, es que no creen.

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La mayoría de las víctimas de estos engaños son jóvenes (entre 14-20 años) que en una situación emocional débil se muestran vulnerables ante el llamamiento de la Yihad, que sustituye una realidad sin aliviar por una oportunidad de darle un poco de luz a través de una causa. Esas personas, caídas en la desesperación o en la depresión, sin una salida a su situación interna, encuentran consuelo en las palabras del Corán que son interpretadas y aprovechadas para sus propios intereses por los grupos terroristas.

Los terroristas se aprovechan del sufrimiento que dejan las injusticias de la realidad que acompañan a los jóvenes de esta generación –la falta de oportunidades, el sacrificio de hermanos musulmanes defendiendo una causa, el desencanto de políticas incorrectas… Los radicales hacen una relectura del Corán y rellenan con las palabras sagradas los huecos vacíos de cada uno de los voluntarios; interpretan las palabras de Mahoma de forma personalizada para cada mártir, para cada guerrero, para que se sientan acogidos y para hacerles ver que su situación es entendida por el mismo Dios. De esta forma, acomodados y acogidos por la inspiración y el acompañamiento de sus nuevos hermanos, las víctimas del martirio justifican el acto del suicidio convirtiéndolo en una causa más elevada –la única que ha dado sentido a sus vidas.

¿Cómo cien jóvenes -algunos niños-, todos ellos a la vez, pueden encontrar atracción por inmolarse, por alcanzar a tan temprana edad el Paraíso? No puede existir otra posibilidad más que la carencia de una razón que demuestre que su vida merezca ser vivida de alguna otra forma… Nadie desea morir si goza de un sentido pleno, si ha encontrado su sitio en este mundo, si aprecia lo que se le ha dado… salvo que entienda que con su muerte ofrece algo mayor más allá de sí mismo y que la vida que a todos los mortales nos toca vivir no es más que la cárcel que nos impide estar en el Paraíso, la zona de paso para merecer el espacio prometido y final de todo buen creyente.

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Raymond F. Paloutzian y Crystal L.Park hablan de un proceso de radicalización, conocido como “La escalera”[2], donde se descubren –y entienden- los procesos que llevan a una persona normal a cometer un acto terrorista; para empezar, se necesita una besa de descontento ante la injusticia o ante la necesidad material, que potenciado por una falta de oportunidades o movilidad social, llevan a la persona a desvirtuar sus actuaciones buscando la salida a la situación. No será hasta la despersonalización del enemigo (la diferenciación entre el ellos y el nosotros) cuando se comentan de verdad las actuaciones terroristas o la movilización a la inmolación para asesinar a gente inocente; de la despersonalización al autoconvencimiento de matar hay un paso en el que el grupo terrorista trabaja bastante sobre la persona, como una forma de reeducación, para que consiga cometer el acto –para ello, inciden bastante en la herida, la base, que ha provocado que la persona haya comenzado a ascender por la escalera de la radicalización.

La Yihad se convierte entonces en la mejor motivación para los más jóvenes, cansados de la monotonía, carecientes de ambiciones o de perspectiva de futuro, encerrados en un sitio que no parece cambiar ni promete nada más que la situación estancada de generaciones. Con la Yihad, siguiendo la causa del terrorismo, ellos mismos dando su vida se convierten en héroes y marcan un destino; al fin salen de la superficialidad del día a día, que no les distingue de los demás, para convertirles en los protagonistas. Es una motivación que ha sido justificada desde tiempos inmemoriales: la muerte en batalla, por tus hermanos de guerra… Los vikingos, los samuráis… igualmente veían en esa entrega de la propia vida el mejor signo de honor y logro del Paraíso. Además, los mismos cantos bélicos que suelen entonar los muyahidines, exaltando el heroísmo del mártir, las imágenes de potencial cinematográfico que encumbran la imagen del guerrero santo, las drogas que se toman para neutralizar las sensaciones (de miedo, por ejemplo)… son una fuente de emociones que impulsan aún más las motivaciones de los voluntarios: “la música, esos cantos, tienen mayor efecto que las drogas”, confiesa el DJ Costa[3].

El mismo grupo terrorista se presenta como el salvador de la persona que carecía de todo y que de pronto recibe justamente lo que necesitaba: una finalidad, ropa, dinero, comida, mujeres, compañeros en el camino… Nadie puede ver a su “salvador” como un enemigo y uno es capaz de dar su vida por alguien o por algo que le ha dado el sentido más grande a su vida. Entonces, las víctimas de la manipulación pasan a hacer propios los sentimientos de odio hacia los grandes enemigos de esos grupos terroristas, educados para ver en ellos al culpable de su situación. Así, les convencen para que su muerte sea un ejemplo para sus hermanos, una lección para sus amigos y el camino para el Paraíso. Y es la Yihad la que les separa de lo que más pueden querer (familiares, amigos…), porque lo ven como un deber superior, indicado para cada uno por la voluntad de Dios, en el que no puede intervenir nadie más.

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Es por tanto, en los entornos más cercanos a la persona, donde uno encuentra su identidad y, una vez encontrada y aceptada, es cuando se forja la ideología común, mediante el refuerzo de la vivencia en una comunidad. Espacios fundamentalmente que potencian el entorno más cercano de la persona, como las escuelas (madrasas)- donde el niño o el joven inicia sus primeros pasos hacia la educación, dirigida hacia un sentimiento más social-, la familia y los amigos –donde se inculcan los modelos, el sentido de la espiritualidad, el sentimiento de pertenencia…-.

Por otro lado, y a destacar, están las mezquitas, un lugar ideal para encontrar al joven orante, donde se escuchan cuestiones más allá de lo cotidiano que tocan la interioridad de la persona y donde se revela quién es el más vulnerable psicológica y emocionalmente. Con tan sólo observar por un tiempo a los creyentes, los terroristas empiezan a descubrir quiénes pueden ser los más factibles para su causa. Y si además el mismo imán anima a la Yihad, el voluntario encuentra más razones para ello. Las prisiones se han convertido en el foco fundamental del radicalismo, ya que es un lugar donde se han juntado personas penadas por actuaciones o formas de pensamiento similares, que encuentran su “comunidad” e identidad entre las rejas y donde sacan la motivación y el impulso de la acción una vez que salen de esos espacios. Sólo hay que recordar que el Estado Islámico surgió dentro de las cárceles de Irak, después de la invasión norteamericana, donde incluso Al Baghdadi se radicalizó y encontró a sus primeros compañeros de viaje. Finalmente, y no menos importante, es el Internet, la nueva escuela, la nueva vía de escape de las nuevas generaciones y la nueva realidad ajena a la incómoda monotonía. El Internet se ha convertido en la mejor herramienta para manipular las mentes, encontrar futuros mártires y tergiversar con mensajes el sentido de una fe.

Lo peor de todo es descubrir la motivación que se esconde detrás del papel del mártir. El suicidio se convierte en la mejor arma del terrorismo, porque para una sociedad (especialmente la democrática) que es vulnerable a los ataques contra los derechos humanos y es sensible a la muerte, resulta imparable –por el efecto que causa-. La voluntad que impulsa a actuar al suicida, a alguien que no teme a la muerte y que desprecia la vida en sí misma, es un impulsor del genocidio, porque si tu mismo enemigo valora mínimamente su vida o aprecia el valor esencial del ser humano, encuentra una restricción en sus actuaciones que le coloca en desventaja frente a quien no se siente intimidado ni por las leyes de la naturaleza. En este sentido comprendemos por qué los Peshmerga, las fuerzas kurdas, son los únicos que han podido enfrentarse cara a cara con un enemigo que emplea tanto el martirio para abatir la moral de sus enemigos, porque su propio nombre –Peshmerga– significa “sin miedo”. Y lo peor es la publicidad que se consigue al perpetrar un acto de inmolación, el mayor éxito para el grupo terrorista: que la entrega de alguien por una causa se convierta en viral para todo el mundo.

Sin embargo, tras múltiples testimonios de jóvenes y niños que han sido víctimas de la manipulación con la intención de utilizarlos para atentados, se descubre un profundo sentimiento de culpa y de decepción; ni llegan a comprender la necesidad de tal sacrificio ni los altos ideales de los grupos a los que habían prometido lealtad. El trabajo que se podría realizar con los jóvenes afectados por la propaganda del terrorismo es un espacio interesante para contrarrestar su eficacia y responder a una sociedad desarraigada que busca un sentido superior a sus vidas.

 

MARTA Gª OUTÓN

[1] OMAR, Manal: “Islam is a religion of peace”, Foreign Policy, Noviembre-9, 2015.

[2] Raymond F. Paloutzian y Crystal L.Park: Handbook of the psychology of religion and spirituality. The Gilford Press, New York y Londres.

[3] Canal Alhurra, “The road to Death”, Delusional Paradise, [https://www.youtube.com/watch?v=Utd8-wrnlJU]

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