Intervención bélica en Iraq y Afganistán

imagesEl cine es una fuente de emociones que favorece que nos adentremos en otras realidades haciéndonos reflexionar y aprender de ellas; es una experiencia viva en la que, a través de las historias, uno hace propias y parte de sí una serie de circunstancias que pueden ser reales o no. Esta experiencia emocional y racional, que se vive frente a una pantalla y con formato de narración, impacta de una manera más irracional e incontrolada en el espectador que en cualquier otro tipo de instrumento pedagógico. El cine construye modelos, presenta una serie de ideas y valores e incluso destapa una serie de juicios y conclusiones que condicionan la actitud y el pensamiento de quien lo ve. “El cine es emoción, y las emociones dan lugar a cambios y aprendizajes. El poder emocional del cine es tan grande, la capacidad de emoción de las imágenes tan potente, que resulta muy difícil negar su capacidad de influencia” (Nacho Jarné Esparcia). A través de la emoción, el cine suscita un estímulo en el público, quien reacciona o lo recoge a modo de respuesta.

Desde sus orígenes, se ha comprobado el impacto que puede suscitar el cine en la sociedad. La mayoría de las veces nos representa hechos de la vida real, de forma realista o ficticia, pero siempre con un enfoque coherente con las cuestiones más relacionadas con nuestra historia, hablando sobre acontecimientos del pasado o del presente, e incluso sobre posibles futuros, llegando de esta forma a ser incluso un medio a través del cual se puede teorizar y visualizar conjeturas sobre posibles situaciones. En definitiva, los medios de comunicación permiten mantener temas de la actualidad en continuo debate y consiguen hacernos profundizar en los sucesos sociales, políticos o económicos de mayor importancia, o alcanzar y conocer aquellos que han quedado nublados, intencionadamente o no, por otras noticias relevantes.

1984El papel que juega el cine como espacio de conocimiento y entretenimiento remueve la conciencia y la emoción atrayéndonos a los eventos más controvertidos de la actualidad, movilizando incluso la atención y la agenda social y política hacia aquellos temas que son resaltados en la gran pantalla. Se ha logrado con él muchos cambios que afectaban a la seguridad internacional o a la política interna de los estados; como vimos en Diamante de sangre (2006), de Edward Zwick, que consiguió abrir una investigación en torno al tráfico ilegal de diamantes desde África; o en la película Invictus de Clint Eastwood (2009), Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011) y 12 años de esclavitud (Steve McQeen, 2013) -ganadora del Oscar –que han rescatado el debate sobre el tema del apartheid y de los abusos racistas-; se abrieron conjeturas sobre el peligro de la Tierra y teorías de su posible salvación animando a una reacción política y económica, como hemos admirado en Interstellar (Christopher Nolan, 2014) y en 2012 (Roland Emmerich, 2012); e incluso se atendió el peligroso impacto que podrían suscitar las nuevas tecnologías y los portales de comunicación en la seguridad internacional en películas como Jungla de Cristal 4.0 (Len Wiseman, 2007), La red social (David Fincher, 2010) o Blackhat, amenaza en la red (Michael Mann, 2015).

Es definitiva, encontramos un cine que más invita al encuentro intercultural, a la reflexión, al conocimiento y a la propuesta de soluciones de los diversos sucesos y situaciones que ocurren en el mundo. “El cine permite proyectar múltiples formas de representación de la realidad y de los tiempos que vivimos, donde se entrecruzan nuestros deseos y nuestros miedos. Es un dispositivo de espectáculo, pero también de comunicación, capaz de sensibilizarse con los problemas actuales” (Carmen Pereira Domínguez)[1].  

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Nos centraremos en un tema en concreto de importancia actual, en el debate que provocaron una serie de películas y en las respuestas de actuación y de reflexión que se abrieron dentro del campo de la seguridad internacional gracias a éstas. Hablaremos del complejo asunto de la justificación, la legalidad y las consecuencias de la intervención militar estadounidense en Iraq y Afganistán; en concreto, es un escenario bastante complejo, además aún predominante, ampliamente trabajado en el cine y de ahí, en la sociedad. Tras el análisis, comprobaremos que “el cine tiene el poder de reflejar, ordenar y explicar la guerra hasta el punto de provocarla, justificarla o condenarla”[1].

A nivel general, podemos declarar que el cine bélico resalta unas cuestiones fundamentales: consideraciones sobre el bien y el mal, la condición humana y sus valores, así como la responsabilidad de un Estado con respecto a la defensa de su propia integridad y la de cualquier persona. En este sentido, este tipo de películas se convierten en una metáfora sobre una sociedad en concreto e, incluso, sobre una actitud social destacada en un momento determinado. En esta línea nos preguntaremos, ¿es el cine el que moldea las opiniones sociales acerca de la intervención militar en un país extranjero, o tan sólo se limita a reflejar el discurso político y social sobre ello?; qué viene antes, ¿el discurso audiovisual o la opinión pública?

No ha habido producciones cinematográficas con verdadero impacto hasta el 2007 –el año más violento de la ocupación-, con la ejecución de Saddam y la llegada masiva de tropas norteamericanas a Irak ante la fuerte oleada ofensiva yihadista y la insurgencia chií-; a partir de esa fecha encontramos sucesivos estrenos que abrieron interesantes debates sobre las causas y las motivaciones de la presencia de Estados Unidos en el país. En ese mismo año ya encontramos estos tres interesantes largometrajes: In the Valley of Elah (escrita y dirigida por Paul Haggis), Redacted (Brian de Palma) y La Batalla de Hadiza (Nick Broomfield), donde descubrimos el recargado pesimismo que fue generándose en la sociedad sobre el desarrollo de la Guerra de Irak provocado por la incisión del producto audiovisual en el lado más cruel e inhumano de la intervención (acudiendo a hechos reales). A partir del año 2008, el cine se centra en mostrar la actitud política y militar norteamericana de esos tiempos para denunciar la reacción desesperada y poco reflexionada de los altos mandos con el lanzamiento de nuevas estrategias para lograr el bien mayor en el menor tiempo posible (motivados por el anuncio del final del mandato de Bush), a pesar de las consecuencias que sus decisiones podrían traer; reflejo de ello fue Leones por corderos (Robert Refford, 2008), Greenzone (Paul Greengrass, 2008) y Red de mentiras (Riddley Scott, 2008), la cual además desenmascaró la posible y futura derrota del ejército norteamericano en suelo iraquí demostrando que carecía de una buena estrategia de contrainsurgencia, a pesar de la superioridad tecnológica del país.

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Después de esto y con la cercanía del nuevo gobierno en Estados Unidos protagonizado por Barack Obama, nos encontramos con películas que ya no resaltan las crueldades ilegales cometidas por el bando norteamericano en suelo iraquí, sino que hablan sobre las consecuencias sociales y políticas de la intervención, apoyando al soldado como representante de unas motivaciones, ideales y valores que siguen en boga y que pueden llegar a convencer al país para un regreso militar al terreno de Irak. Destacan las siguientes tres películas: The Hurt Locker (2008), Zero Dark Thrity (2012) y The American Sniper (2014). Veremos así la dirección que está tomando la seguridad internacional actual sobre el tema del conflicto iraquí y cuál es su relación y cercanía con lo expuesto en los contenidos audiovisuales para comprobar que hemos pasado de las visiones más pesimistas (correspondientes al inicio de la guerra) a las más realistas.

MARTA Gª OUTÓN

[1] Carmen Pereira Domínguez, Jordi Solé Blanch y Luis Fernando Valero Iglesias; “Babel: Cine y comunicación en un mundo globalizado”, Polis, 26 (2010), pág. 2.

[2] Andrea Aisa Vega, Berta Bernarte Aguirre, María Castejón Leorza y Cristina García Purroy; “Consecuencias de la guerra. EEUU. “En el Valle de Ellah”, Unidad Didáctica 4, IPES, Pamplona, 2010, pág. 1.