Literatura

“EL ARTE DE LA GUERRA: DE LA GUERRA TRADICIONAL A UNA GUERRA SIN RESTRICCIONES”

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“El arte de la guerra” es la obra más influyente y primordial del estratega y filósofo chino Sun Tzu. Las ideas que ahí refleja no han perecido con el paso del tiempo y han llegado a ser recurridas y consideradas por grandes militares y pensadores estrategas hasta nuestros días. El tiempo que le tocó vivir a este notable pensador (el periodo de los Reinos Combatientes, 476-221 a.C.) fue, posiblemente, lo que le condicionó a redactar una obra semejante.

Como su propio nombre indica, “El arte de la guerra” parece más un tratado sobre cómo gestionar los tiempos de conflicto y cómo alcanzar la victoria en batalla. No obstante, no es sólo un libro de estrategia política y militar, sino que además educa con sabiduría el conocimiento de la naturaleza humana en los momentos de confrontación. Es, por tanto, un análisis psicológico y antropológico de la naturaleza humana en momentos de conflicto que indica cómo dominar las emociones y las percepciones propias y del enemigo para que ayuden a controlar los ámbitos materiales y estratégicos del enfrentamiento.

Por supuesto, es entendible que la redacción de este autor refleje y tenga en cuenta más el contexto y el pensamiento oriental que el occidental; no sólo por su forma de escribir, a veces excesivamente metafórica y bella, sino también por el ensalce de los valores más considerados por la cultura asiática (el honor, el valor, la humildad, la serenidad, el respeto –incluso hacia los enemigos-…), pero que no dejan de ser aportaciones sabias y necesarias para cualquier práctica política y militar. Por otro lado, algunos de los métodos estratégicos presentados (como la utilización del fuego, las banderas y las señales, ejércitos a gran escala…) resultan un poco lejanos a la estrategia actual, definida no sólo por métodos tradicionales, sino también condicionada por las nuevas tecnologías y ámbitos operacionales.

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La obra está dividida en una serie de capítulos, ensayos dedicados a las cuestiones que el autor ve fundamentales para tener en cuenta en el ámbito bélico: la evaluación, la iniciación de las acciones, las proposiciones de la victoria y de la derrota, la medida de la disposición de los medios, la firmeza, lo lleno y lo vacío, el enfrentamiento directo o indirecto, los nueve cambios, la distribución de los medios, la topología, las clases de terreno, el arte de atacar por el fuego y la concordia y la discordia. Como se ve, Sun Tzu habla de cuestiones tanto físicas (material, terreno, tipo de enfrentamientos…) como morales (firmeza, concordia, discordia…). En este sentido, el autor adoctrina también en la guerra, describiéndola no sólo como una situación sino también como un arte.

El primer lugar, hay que resaltar los pilares básicos sobre los que se sustenta el pensamiento y obra de este autor: Todo el arte de la guerra se basa en el engaño y El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar. En este sentido, entendemos que el engaño es el control y manejo de las percepciones de uno mismo y del enemigo (conocer debilidades del enemigo para potenciarlas, tus fortalezas para emplearlas, jugar con las percepciones, aprovecharse del terreno, cebos y estrategias…); podríamos verlo como el ámbito estudiado y controlado por la Inteligencia. En cambio, la segunda idea recalca la estrategia bélica, no sólo guiada al choque físico de fuerzas militares, sino también al intelecto, ingenio y habilidades psicológico-emocionales para conseguir la victoria antes de que la batalle empiece. En los capítulos de su obra, Sun Tzu da las claves para ello.

Recordando los principios fundamentales de la obra “El arte de la guerra”: Todo el arte de la guerra se basa en el engaño y El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar y las ideas fundamentales defendidas en cada capítulo, advertimos claramente que la estrategia fundamental de este pensador chino es la misma que actualmente se ha abordado por el país más competidor con la potencia estadounidense: China.

080723-N-0000X-001 An artist rendering of the Zumwalt class destroyer DDG 1000, a new class of multi-mission U.S. Navy surface combatant ship designed to operate as part of a joint maritime fleet, assisting Marine strike forces ashore as well as performing littoral, air and sub-surface warfare. (U.S. Navy photo illustration/Released)

Quiao Liang y Wang Xiangsui, otros dos estrategas chinos, coroneles de la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación de China (EPL), plantean la idea de “guerra irrestricta”, un concepto que ha nacido en el actual mundo globalizado, con mayor repercusión tras la actual tensión entre China y Estados Unidos, pero que, sin embargo, se asienta incluso en las ideas que ya fueron planteadas por Sun Tzu. La idea principal de su obra “La guerra irrestricta” es que no hay reglas, nada está prohibido. Estos dos pensadores, al igual que en su legado Sun Tzu, advierten de que la guerra no se puede asentar sólo en el poderío militar (o tecnológico, como es el caso de Estados Unidos), sino que lo que puede conducir a la derrota es la incapacidad de conocer las propias debilidades y potenciales amenazas (como se demostró en el 11S). Por eso mismo, las actuales guerras no sólo son en el campo de batalla, sino que se libran en diferentes espacios y ámbitos (tierra, mar, aire, moral, económico, político, cultural, tecnológico, ambiental, de comunicaciones, social…).

Las nuevas estrategias de guerra, frente a las planteadas por Sun Tzu, es que, aunque se evitan que estas sean prolongadas y con larga presencia y combate militar, han pasado a ser largas y omnidireccionales; rápidas y precisas en el ámbito bélico, pero lentas y profundas en el resto de escenarios. Mientras unos países, atados a leyes y moralidades occidentales, aún se mantienen leales a mantener la guerra en el espacio bélico y en el enfrentamiento entre militares, otros han decidido ampliarlo y expandirlo hacia todos los ámbitos de la sociedad para debilitar al enemigo desde dentro (desmoronando a la sociedad); como igualmente decía Sun Tzu en el Capítulo II: “Un general inteligente lucha por desproveer al enemigo de sus alimentos (felicidad del pueblo y sustento del Estado)”.

Es por eso que, el nuevo arte de la guerra, además de los principios e ideas planteados por Sun Tzu, es tener en cuenta la extensión y limitación de lo militar. Hoy en día, cada vez se toleran menos los enfrentamientos bélicos (porque se toleran menos las bajas humanas), por lo que se exige estrategias y guerras más precisas, cortas, tecnológicas y de ingenio. Además, tal y como indica R.R. Palmer: “Terminaron las guerras de los reyes y comenzó la guerra de los pueblos”; esto es que hoy en día encontramos conflictos que se producen por choques de cultura, enfrentamientos por diferenciaciones raciales y sociales, que convierten las guerras actuales en situaciones mucho más complejas que necesitan algo más que intervención militar –se extienden a ámbitos estructurales y sociales, que hacen más difícil de percibir los niveles de violencia y de conflicto. Es importante, por tanto, seguir las ideas planteadas por el estrategia chino en “El arte de la guerra”, para tener en cuenta que hay que seguir una serie de principios fundamentales.

2014.05.08 El arte de la guerra

El primero de todos es conocerse bien a uno mismo (las debilidades y fortalezas y, como Quiao Liang y Wang Xiangsui también destacaron, incluso las potenciales amenazas). El empleo de Inteligencia es esencial para conocer al enemigo (sus características personales, su entorno de operaciones, sus procesos de consulta, su entorno informativo…) y sobretodo el tipo de organización bajo la que se coordina y configura (conociendo su estructura, uno entiende cómo fluye la relación jerárquica, cómo se mueve la información, cómo se opera…). También, y tal y como dijo Sun Tzu, uno debe analizar previamente todas las posibilidades de victoria antes de tomar la decisión de iniciar una guerra (una guerra es costosa en todos los sentidos); es por eso que es esencial combatir incluso habiendo vencido antes. Y, finalmente, reuniendo los principios de “El arte de la guerra” y “La guerra irrestricta”, hay que tener en cuenta que hoy en día las operaciones militares han de ser cortas y precisas (con una alta coordinación y dirección tecnológica, operativa y de Inteligencia, e incluso con alianzas estratégicas), pero teniendo en cuenta que también es importante controlar el resto de ámbitos (vanguardias y retaguardias) por los que nos puede debilitar el enemigo operando desde una situación engañosa que podríamos considerar como “paz negativa” (donde no hay violencia directa, pero sí encontramos violencia cultural y estructural).

 

QUEREMOS SABER, CÓMO Y POR QUÉ LA CRISIS DEL PERIODISMO NOS AFECTA A TODOS

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“Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás, son relaciones públicas” (George Orwell).

El escritor y periodista británico George Orwell, mayormente conocido por dos de sus obras (Rebelión en la granja y 1984), novelas distópicas en las que ataca a los totalitarismos, nos anuncia con esta frase lo que para él debe ser el espíritu de todo periodista: la constante pelea por la libertad de expresión y la verdad. La verdad es un arma muy potente que juega en contra de los intereses políticos e ideológicos, una herramienta para controlar la mente de una sociedad y la historia de la Humanidad; el periodista, de esta manera, se convierte en el guerrero contra un sistema que aferra el sentido de la realidad y que con su actitud rebelde e independiente se enfrenta a los grandes poderes que no desean que la verdad salga a la luz.

Este es el ideal, pero lejos queda de la realidad. Cuando el periodismo se forma en el siglo XIX –aunque tiene una vida más primitiva, ya que incluso en la época clásica y en la Edad Media existían esos informadores que presentaban los avisos que posteriormente tomaron fuerza en forma de gacetas-, la información era el fin último y los periodistas eran considerados figuras emblemáticas, esenciales, que llevaban la profesión con la misma pasión, pureza y entrega que el niño que descubre por primera vez la vida. No obstante, ahora en el siglo XXI, con el nacimiento de las nuevas tecnologías y la sociedad de la globalización, donde uno puede viajar a cualquier lugar sin moverse de casa, conocer lo que ocurre sin levantarse de la silla, en un tiempo que se consume al segundo y donde la información es presentada en forma de titular porque si uno tarda en desarrollarla más puede hacer que ésta ya quede lejos de la actualidad, la esencia del periodismo está en peligro de extinción; eso, o de vivir un cambio importante que pueda condicionar de forma perjudicial a la realidad. Los autores del libro Queremos saber. Cómo y por qué la crisis del periodismo nos afecta a todos nos presentan algunas razones.

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Albert Camus dejó como legado los cuatro mandamientos que deberían seguir todo periodista para que la información, la realidad, que se encuentra en sus manos no quede infravalorada o ultrajada: la lucidez, la desobediencia, la ironía y, finalmente, la obstinación. Está claro que sin lucidez nadie puede entender ningún discurso y, por tanto, la función del periodismo no tendría sentido; la desobediencia hace referencia a la rebeldía ante la normalidad, el conformismo, el control… sin esto, el periodista podría perecen en manos de la ideología empresarial y política o bajo el corsé del excesivo autoritarismo de la editorial; la ironía es necesaria para trabajar con sensatez, ya que a veces, el ser tan directos puede resultar hasta atacante y además es una forma de invitar al lector a que tome conciencia crítica de lo que lee; la obstinación es el entrenamiento de todo guerrero que se enfrenta a la realidad más compleja, pues sin esto, los obstáculos frenan cualquier intento de acceder a la verdad. Está claro que, como expresó Jefferson, “sin periodismo no hay democracia”.

Eric González, corresponsal de El País, diferencia el periodismo internacional del local, aunque no los desliga, ya que, como expresa, la información internacional es necesaria para comprender la información local. El descuido que puede cometer uno al interesarse sólo por los medios que nos cuentan lo que acontece en nuestro barrio es el de perder el horizonte de nuestra realidad, de nuestra historia. El ser humano es un ser social y esto implica una relación y presencia en una humanidad que, queramos verlo o no, camina en la misma dirección, afectada por todo lo que acontece. Podemos cerrar los ojos, hacernos los ciegos ante los conflictos del mundo, las penurias que se sufren en algunas regiones, o mantenernos ajenos a los importantes eventos que sacuden países o generaciones enteras, como fue, por ejemplo, la caída del muro de Berlín. Conscientes o no, todas esas realidades nos afectan. “El periodismo local es el que sabe mirar la realidad autóctona con los ojos del extranjero”, apoya la tesis de González Marc Bassets, corresponsal de La Vanguardia en Washington, ya que esto facilita que las palabras que exprese ese informador estén limpias de consideraciones personales. Con este compromiso con la realidad, tanto local como internacional, el periodista se convierte en el alma del mundo, ya que conecta y profundiza en la historia que oculta una persona, que se expresa en un país, que afecta a un continente y que acaba por rebotar y provocar una respuesta en el resto del mundo.

Para cumplir correctamente su función de informador, e incluso también de historiador y hasta de embajador, el periodista debe competir contra el Internet, el cual, aunque se ha convertido en el portal del saber inmediato y democrático, también se presenta como el portal desde donde los cotilleos del vecindario se contaminan y se filtran a través de opiniones y una falta de profundidad. El gigante también ha afectado a las empresas de los medios, que, como explican los autores de la obra, han dejado de pelear por conseguir las historias que construyen para hacerse con las noticias que venden. El problema que han suscitado las redes como plataformas de publicación de información es que la tecnología del medio supera a la formación del que la utiliza como herramienta y la presencia casi omnipresente de noticias, opiniones, imágenes… provoca una irrevocable sensación de que uno ha de encontrarse siempre ante el ordenador para estar bien informado; no obstante, como señala Ramiro Villapadierna, corresponsal especializado, “no está más informado el que mira más fuentes, sino el que las procesa mejor”. Al final, tanta información expuesta en un portal descontrolado provoca, más que formación, ignorancia, y en vez de presentar verdades, las oculta en la gran vorágine de datos de los que no sabes sacar el más importante y correcto. “El Internet nos ha hecho esclavos de nuestra propia ignorancia” (Mónica G. Prieto).

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El Internet es la tentación del periodista, la adicción a la comodidad, que ante la grandiosa y rápida apertura a todo cuanto pasa y que se nos presenta a tan solo un click puede provocar que se decida hacer el trabajo de investigación sin la necesidad de acudir en persona a beber de esa realidad; es decir, se quebraría entonces esa necesaria apertura al otro, ese interés, esa posibilidad de tocar la historia presente para no perderla sin caer en la despersonalización de la red. ¿Cómo podemos hablar de algo si no lo hemos visto o vivido en primera persona? ¿Cómo podemos llegar a una interpretación correcta sin haber palpado lo que nuestras palabras desean transmitir? Si evitamos este contacto, ¿no estaríamos entrando en la violación de la verdad, en la hipocresía, en la transmisión de unos hechos y sensaciones sacados de la mera intuición? Sin duda, como nos cuentan nuestros autores profesionales, es uno de los pecados que padece la profesión, donde el informador se ata al teléfono desde donde le van a notificar aquella noticia que debe ser portada o aquél comentario que tal eminencia ha dicho, o se encierra en las salas donde hay acceso a Internet para no perder la adicción a la conexión, con el temor de perder la posibilidad de estar actualizado. La realidad está fuera y el Internet puede tentarnos al hacernos creer que él es el gran rostro de la verdad.

No obstante, hay que entender que, tal y como se dijo al principio y como resalta Mónica G. Prieto, “la verdad dejó de interesar a las empresas”. Hoy en día, las historias están en manos de los grandes medios; ellos son los que eligen lo que ha de ser noticia y eliminan del mapa, de la cronología humana, lo que no. Los intereses ideológicos rigen las editoriales y el diseño impuesto por el Internet, con una maquetación cada vez más crítica, limitada, encierra acontecimientos que contienen una amplia complejidad en frases y palabras contadas; ya no importa lo que se cuente, sino que sea atractivo de ver. Se teme perder al lector mostrándole un gran texto y se obliga al profesional a reducir la profundidad de una realidad para atraer la atención a través de impactos: imágenes, vídeos, palabras clave… No obstante, en vez de conseguir un lector fiel y crítico, formado, se consigue un lector que, acostumbrado a titulares y mensajes publicitarios, busca entender lo que el periódico le ofrece. La gente desea no ser tratada como ignorante o inútil, busca que el informador sea correcto y profesional; sin embargo, hemos sido mal acostumbrados durante años y convencidos de que la realidad se recibe –que no comprende- con un titular de menos de ocho palabras.

La información nos hace libres, la verdad nos da libertad, porque forma la conciencia ante el cúmulo de ideas que flotan sin fundamento a través de la red, por la calle, en boca de nuestros conocidos o simpatizantes… Si no fuera por el periodismo el mal tendría vía libre para actuar porque, permaneciendo el mundo ciego, no existiría la necesidad de justificar nada y el criminal se libraría de ser presentado como protagonista del desorden mundial. Muchas víctimas en conflictos son los reporteros y corresponsales, porque son la voz, ojos y oídos del mundo, de las víctimas y de las personas que esperan comprender qué sucede más allá de sus fronteras, o dentro de ellas; en este sentido, hay que entender que “la información es el obstáculo de la barbarie”. El periodista debe ser consciente de la gran responsabilidad que tiene en sus manos –puede depender de él que un acontecimiento se añada a la historia de la humanidad de forma verdadera, manipulada u oculta, inexistente-. Para ello, como dice Pilar Requera, “el periodista debe defender los valores absolutos, no apoyar únicamente a un bando”, si de esta forma quiere proclamarse como defensor de una verdad objetiva o protector de la justicia.

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El periodismo de papel, extenso, profundo, crítico, fundamentado, es imprescindible para no perder la realidad, la historia presente, y para evitar desvincularla de nuestro recorrido en la humanidad; las personas protagonistas de esas historias merecen que su realidad sea contada con justicia, con responsabilidad, libre de los intereses de los medios e incluso de los egocentrismos y del desinterés del informador. No todo puede convertirse en portada de un periódico, ni noticia de actualidad, pero el poder de las tecnologías y el continuo crecimiento y cambio de la profesión no evita que no se puedan encontrar formas y medios para abarcar todo lo que está sucediendo en cada rincón del mundo y permitir un pequeño espacio informativo a todo ello; “no tenemos en nuestras manos la solución a los problemas del Mundo, pero ante los problemas del Mundo, tenemos nuestras manos”, decía Teresa de Calcuta. Son muchos los profesionales que pertenecen a una línea editorial, e incluso cada vez se encuentran más freelances, buscadores innatos de la verdad, en el campo de batalla; trabajo no faltaría, porque tampoco escasea la motivación, si se decidiera cubrir la realidad. El que escoge esta profesión es consciente de las dificultades que uno se encuentra a la hora de trabajar con sinceridad, veracidad y objetividad, pero es algo que uno debe asumir como fiel defensor de la verdad y voluntario humanitario de la realidad y de todas esas personas que ofrecen su historia para que sea transcrita en forma de palabras. Eso sí, también debería existir un manual que ayude al periodista a convertirse él mismo en una persona sincera, auténtica, justa y objetiva, para que entonces lo sea también su información.

En definitiva, hay que comprender que la lucha por ciertos valores choca contra muchos intereses personales e ideológicos, que la realidad es altamente compleja y es difícil entenderla y abarcarla en un par de folios, y menos aún en un titular de ocho palabras, que si uno de verdad quiere ser libre, estar vivo, pertenecer a una humanidad, debe conocer a esa humanidad, abrirse al otro y no encerrarse en ese lado de la luna que permanece iluminado y convencerse de que el terreno que permanece en penumbra no existe, e incluso darse cuenta de que esta lucha por defender los principios fundamentales es tarea de todos, pero que sólo unos pocos lo desean asumir y que todo periodista, por lo que su trabajo implica para la sociedad, para la historia, para todas esas personas que aceptan ser protagonistas de la imagen o papel de un periódico, debe aceptar y reflexionar que, “para que el mal triunfe, sólo es necesario que los buenos no hagan nada” (Edmund Burke).

MARTA Gª OUTÓN

LOS BUENOS SOLDADOS:

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David Finkel, ganador del Premio Pulitzer en 2006 –finalista en otras tres ocasiones- y reconocido por otros premios como el Robert F. Kennedy Journalism Award y Missouri Lifestyle Award, es redactor del Washington Post. Su periodismo de iniciativa le ha conducido a informar desde África, Asia, America Central, Europa y Estados Unidos. Con Los buenos soldados, el autor acompaña al Batallón 2-16 a Bagdad en el año 2007 y presenta el rostro que se oculta tras la máscara que se ha creado entorno a la guerra de aquéllos que la vivieron y sufrieron en primera fila. Existen obras más aplaudidas que ésta que relatan lo que aconteció en una de las guerras más impactantes de nuestro tiempo –la cual marcó un principio y un fin en las relaciones norteamericanas e iraquíes-, como Horse Soldiers, de Doug Stanton, o Fiasco, de Thomas Ricks; sin embargo, Los buenos soldados manifiesta como ninguna otra las repercusiones que conllevó la tragedia para el presente y futuro de todos esos hombres.

El autor se aleja de la política –a la cual sólo presenta enunciada al inicio de cada capítulo para destacar una determinada postura o idea del presidente George Bush- para sumergirnos en el mismo corazón del conflicto, siguiendo a estos soldados –a los que presenta con nombre propio- en los momentos de horror y en las livianas ráfagas de esperanza y humanidad que pudieron hallar en un lugar tan lejano a sus hogares.

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Aunque tenga una forma de narración similar a la ficción que hace la lectura llevadera y amena, el contenido no puede ser más real y que el lector sea consciente de ello, impacta más de lo esperado. El libro está narrado con un discurso novelado, hiperrealista, y se sirve de la entrevista para convertir la historia en un diario personalizado que retrata las experiencias vividas y los sentimientos que éstas provocaron en los soldados. El empleo de un trabajo periodístico expresado mediante un lenguaje literario nos demuestra que David Finkel se ha adelantado a la profesión y ha descubierto una forma diferente de servir al oficio –retratar la verdad y esclarecerla para el lector-. David Finkel relata la experiencia durante ocho meses en la guerra de Irak uniéndose al batallón apodado Los Rangers, formado por soldados de 19 años de media, y lo hace siguiendo el estilo y formato de un diario –protagonizado por el Teniente Coronel Ralph Kauzlairch-, donde las fechas que marcan el ritmo del libro siguen los acontecimientos más emblemáticos de las misiones y situaciones de los soldados y de sus choques y encuentros con la población iraquí, y como resultado nos delega una obra que habla sobre muerte, miseria y decepción.

El autor se aleja de dar cualquier juicio moral y escribe de forma objetiva una realidad, apoyándose de entrevistas y fotografías, dejando que sean las palabras de los hombres a los que acompaña las que demuestren el verdadero significado de aquella situación: “La guerra estaba al borde del fracaso. La estrategia de lograr una paz duradera […], de derrotar al terrorismo […] de extender la democracia por todo Oriente Medio […] de llevarla al menos a Irak […] había fracasado. La mayoría de los norteamericanos […] estaban hartos y querían que los soldados volvieran a casa”. De esta forma, expone el error de un gobierno que respondió a la guerra con guerra, el intento fallido de ayudar a un país que tampoco quería ser ayudado y las consecuencias que conllevó el idealismo norteamericano aferrado a la idea de que la victoria estaba asegurada. Sin duda, éste es un libro de consulta al que debería tener acceso todo presidente a punto de conducir un conflicto más allá de las propias fronteras.

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MARTA GARCÍA OUTÓN

DON JUAN TENORIO:

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José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817. En Madrid, su suerte iba a cambiar inesperadamente el 13 de febrero de 1837, cuando Mariano José de Larra se pega un tiro en la cabeza. Ante su cadáver, Zorrilla lee unos emocionados versos que le supondrán la amistad con escritores ya famosos (García Gutiérrez, Hartzenbusch y Espronceda, su “ídolo”), así como su participación en diversas publicaciones. Zorrilla se hizo muy popular casi desde el mismo estreno de su Don Juan Tenorio en 1844 y por su amistad con el emperador Maximiliano, fue nombrado cronista del reino y director del proyectado Teatro Nacional.

La historia comienza cuando Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía se citan en una hostería de Sevilla para comprobar el resultado de la apuesta que hicieron hace justamente un año: quién sería capaz de seducir a más mujeres y de matar más hombres. Sin embargo, Luís Mejía ofende el orgullo de Don Juan y le tienta a una nueva apuesta: la seducción de dos nuevas mujeres: una novicia (doña Inés) y la prometida de don Luís (doña Ana de Pantoja).

Don Juan Tenorio es una de las obras de teatro más representadas. Su estreno fue en Madrid el día 28 de Marzo de 1844, a partir de entonces, coincidiendo con el Día de los Difuntos. El hecho de que el nombre del protagonista de la obra pasara al léxico español –característica de las grandes obras, como El lazarillo o la Celestina– para hacer referencia a cualquier persona galante y mujeriega, demuestra el éxito de Zorrilla. La narración se sitúa en Sevilla en 1545, durante el gobierno de Carlos V (1517-1555), momento de esplendor para el Imperio español. Este momento histórico ha sido recogido como referente para enardecer un momento glorioso, oportunidad de forja de héroes y por tanto, gran inspiración para los escritores de la época. La historia, sin embargo, está dividida en dos partes singulares, que demuestra una quiebra con la norma literaria del momento; y no sólo en eso, sino que también, Zorrilla escogió romper con la estructura en tres actos aumentándola a siete. Por tanto, encontramos cuatro actos en la primera parte y tres en la última; entre ambos hay un lapso de cinco años (ruptura igualmente con el tiempo), necesario para comprender el cambio de escenario (el antiguo palacio de la familia de Don Juan se ha convertido en un cementerio que acoge a todas las víctimas del protagonista) y para remarcar el tiempo necesario para constatar la transformación del personaje.

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Ambas partes acontecen durante la noche. La Primera Parte transcurre durante el Carnaval, luego las escenas se cubren de jolgorio festivo (comida, juego y apuestas, desenfreno sexual de Don Juan, las identidades ocultas tras las máscaras, la presencia de un ambiente endiablado…); mientras que la Segunda Parte, en la Noche de San Juan, ya en vísperas del Día de los Santos, donde encontramos los elementos necesarios teatrales para preparar el momento de la redención del personaje: el evidente ambiente de la festividad de San Juan, envuelta en tinieblas y misterio y, por otro lado, el efecto purificador de Don Juan en el solsticio de verano, noche concreta como último plazo para la elección purificadora del protagonista, donde aparecen las ánimas que abren la boca del cielo y los infiernos. ¿Por qué esta noche y no otra? ¿Por qué no acontece de día? Porque es necesario para la calidad purificativa en el plazo anunciado por Doña Inés y la situación no se vería igual de dramática si aconteciese en otra noche, dada que la noche de San Juan contiene ese fondo místico y además es la noche más corta de todo el año. La culminación de la obra es perfecta, puesto que ocurre en la madrugada de San Juan, con la conversión del protagonista. Por otro lado, la parte primera acontece con un ritmo más desenfrenado, donde se engloban multitud de acciones, típicas del teatro clásico; mientras que la segunda sucede con mucha mayor lentitud, donde podemos seguir el ritmo de la noche con el sonido de las campanadas, el canto de los salmos… y donde la acción sólo se sitúa en dos escenarios: el comedor de Don Juan y el panteón; por tanto, aquí se invita a una mayor reflexión, propia de los autos sacramentales.

Así, Zorrilla nos presenta la obra en una estructura dual, un continuo paralelismo: dos partes, dos mujeres (Doña Inés y Doña Ana), dos burladores (Don Juan y Don Luís), dos padres ofendidos (Don Gonzalo y Don Diego), dos rivales que piden venganza (Don Gonzalo y Don Luís), dos amigos (Centellas y Avellaneda), dos criadas alcahuetas (Doña Brígida y Doña Lucía), dos sombras que se disputan el alma de Don Juan (Doña Inés y Don Gonzalo), dos caras del mismo hombre (Don Juan pecador y Don Juan converso), una condena y una salvación.

Tal y como expone un historiador del cine, Ángel Luis Huesco, el cine “es una de las líneas de investigación más fructíferas y con futuro del momento actual”. Sin embargo, se han visto discordias a la hora de interpretar el cine como adaptación de la literatura; aunque la presentación visual de la literatura ha aportado muchas variantes. Sin embargo, como justifica el especialista en estudios fílmicos, Luis Miguel Fernández, la literatura es un proceso de creación que necesita de la recepción de un público y, por tanto, de las diferentes estrategias para presentarlo, como por ejemplo, por medio del cine, porque “el estudio de la recreación fílmica puede servirnos para conocer otro tipo de transposiciones que afectan directamente a la literatura”: cómo es recibido e interpretado por el público; y porque además, es clara la dificultad de análisis literario frente al visual en la sociedad de hoy en día.

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La serie televisiva de Gustavo Pérez Puig de Don Juan Tenorio fue estrenada en 1966 y cuenta con la participación de un extraordinario Francisco Rabal en el papel de Don Juan. El film, aunque largo, se ha centrado en representar las escenas y monólogos más emblemáticos de la obra original y alejándose de una grabación de imitación teatral, como sucede normalmente a la hora de producir una película inspirada en una representación de teatro, ésta ha preferido adaptar la obra a un lenguaje fílmico; la música, en cambio, sólo forma parte de la escena como acompañamiento sin involucraciones emocionales. Tanto en la novela como en la serie, Don Juan se nos presenta como un hombre que logra todo: mujeres, juego, victorias… y que además, no tiene rival; frente a Mejía, que en iguales condiciones y en busca de los mismos objetivos, pierde todo cuanto trata de ganar, salvo en los duelos (equidad con Don Juan): igual arrojo, rebeldía, hazañas heroicas. Su carácter sigue las características del héroe romántico: carente de moral y reglas. No obstante, esta obra se presenta como la redención del héroe romántico y con el amor puro, Don Juan consigue su redención. Dios, a través de Doña Inés, alcanza el corazón de Don Juan; sin embargo, no es hasta la noche de San Juan cuando el protagonista, entre la puerta del inferno y la del cielo, al fin es rescatado por su amada.

La posible variación a la hora de adaptar una obra literaria al cine es que se diferencien los signos utilizados, ya que el cine emplea unos códigos diferentes de expresión y varía la situación del espectador, así como la recepción; además de que la literatura emplea un lenguaje difícil de interpretar en un lenguaje fílmico. El cine sólo se sirve de la obra original escrita como material de apoyo, porque es a partir de ella cuando crea, al ser el cine una entidad diferente a la literaria.

MARTA GARCÍA OUTÓN

GRANDES ESPERANZAS– CHARLES DICKENS

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Existen varias adaptaciones televisivas y cinematográficas de la novela de Charles Dickens, Grandes Esperanzas. Mike Newell lo conocemos gracias a varias de sus exitosas adaptaciones, como La máscara de hierro, Harry Potter y el cáliz de fuego  o El príncipe de Persia. No obstante, la novela de Dickens supera en complejidad a todas las superproducciones hasta ahora realizadas por Newell, lo que quizás ha provocado que su última película desfalleciera en el guión.

Grandes Esperanzas nos narra la vida de Pip, un chico huérfano educado por su hermana, dura y exigente, y el marido de ésta, un herrero bonachón y simple. De pequeño, su camino se entrecruza con varios personajes que provocarán un cambio radical en su humilde vida: un fugitivo de la ley, a quien le entrega comida y la oportunidad de liberarse para siempre, y la señora Havisham, una excéntrica viuda de clase noble de cuya protegida, Stella, Pip se enamora. Un día, Pip recibe la noticia de que ha heredado unos bienes por parte de un anónimo, quien además lo convertirá en un caballero.

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Como apreciamos en todas sus historias, en Grandes Esperanzas domina una trama enrevesada, llena de misterio, que conecta a todos sus personajes. Además, tras la didáctica moral que siempre nos presenta el autor, en este caso anunciándonos el castigo que siempre les depara a aquellos que carecen de honradez, Dickens introduce una dura crítica social. No obstante, en ésta cabe destacar un marcado tono de amargura, que contagia a la obra dotándole de un ambiente decadente empujado por unos protagonistas desalentados y complicados, lo que favorece en generar un interesante análisis de la psicología de los personajes influidos por el transcurso de la historia.

La trama es compleja y lo que vemos en la pantalla no logra transmitirnos lo que el autor original plasma en las hojas de su libro. Mike Newell consigue reflejar el ambiente oscuro y decadente de la época moderna con una fotografía de grandes contrastes que se centra en captar la psicología más dramática de los personajes y la pobreza de la sociedad; sin embargo, más allá de presentarnos una bella puesta en escena, la historia carece de fuerza y en algunos momentos nos pierde en el enrevesado ramaje de la obra. Frente a sus predecesoras, la adaptación de Newell triunfa por su riqueza ambiental y la potencia de sus actores protagonistas, con Jeremy Irvine (War Horse) interpretando con maestría las controversias de Pip, sus giros bruscos entre la bondad y la maldad, y un excepcional Ralph Fiennes en el papel del convicto; no obstante, quien más destaca es Helena Bonhan Carter en su típica caracterización de personajes obsesivos y desequilibrados.

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Grandes Esperanzas puede ser un ejemplo representante del genio creador de la literatura inglesa y la voluntad del escritor en querer transmitirnos cómo el poder ejerce para adueñarse del espíritu de uno, pero también en insistirnos en la importancia de la fuerza de voluntad para superarse y en el optimismo de ver la posibilidad de redención en quien más parece abandonado al mal, introduce luz en una historia llena de contrastes. La novela de Dickens es una obra con excesivas pinceladas realistas que rozan la tragedia y que además se contagia de una amargura que a duras penas logra convertirse en esperanza. Mike Newell se acerca en la pretensión de lograr captar la esencia de las obras de Dickens, sin embargo, su creación tan sólo transmite la potencia de la producción y decae en su intención de mostrarnos la maestría del autor inglés, quizás porque este tipo de historias de época, si no logran alcanzar la genialidad, resultan pesadas y monótonas.

 MARTA GARCÍA OUTÓN

WILLIAM SHAKESPEARE

William-Shakespeare-26-April-1564-23-April-1616-celebrities-who-died-young-29620599-525-700William Shakespeare fue un importante poeta y autor teatral inglés que llegó a ser considerado como uno de los mejores dramaturgos de la literatura universal. Nació en 1564 en el condado de Warwick, momento durante el cual reinaba la peste en Londres y se había llevado a más de una cuarta parte de la población. El dramaturgo estudió en la escuela de su localidad, Grammar School, la gramática de los latinos y empezó trabajando como carnicero y maestro de escuela para sacar a su familia de la pobre situación económica; hasta que tuvo que abandonar Stratford cuando fue sorprendido cazando ilegalmente. Llegó a Londres hacia 1588 y cuatro años más tarde ganó un notable éxito como dramaturgo y actor teatral. Poco después, consiguió el mecenazgo de Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton.

Con dos de sus obras eróticas, fue considerado como un brillante autor renacentista (“Venus y Adonis” y “La violación de Lucrecia”) y en 1596 obtiene el escudo de armas.

Anonymous-Desmontando-a-Shakespeare_noticia_main_landscapeAunque el autor es conocido por sus 38 obras, los contemporáneos las rechazaron al considerarlas un vulgar entretenimiento; sin embargo, su labor fue aplaudida en la corte hasta ser denominado “King’s Men” (servidor del rey) del rey Jacobo I. Mientras seguía su labor teatral, trabajaba en una serie de finanzas que lo ayudaban a compartir los beneficios con su compañía: “La Chaberlain’s Men”, más tarde llamada “King’s Men”. Sus obras fueron representadas en la corte de Isabel I y Jacobo I. Fue en 1599 cuando su compañía representó el asesinato del rey Ricardo II, a petición de un grupo de cortesanos que conspiraban contra la reina, aunque la compañía quedó absuelta de la complicidad. Y a partir de 1608, la producción de Shakespeare decreció al establecerse en su ciudad natal hasta su muerte, en 1616.

Hoy en día, sus obras se siguen representando, pues comunican un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Sus personajes están dotados de increíble humanidad, con una misteriosa sabiduría y poesía. Tenía mucha habilidad para crear un perfecto lenguaje poético y estilístico, con recursos dramáticos mediante multiplicidad de expresiones y acciones.

No obstante, existen teorías que ponen en tela de juicio la autoría de las obras de Shakespeare, como vimos en la película de Anonymous, la cual plantea la posibilidad de que Shakespeare no podía ser un individuo corriente, por la complejidad de las tramas y la profundidad de sus críticas políticas y de la corte. Esto invita a considerar que Shakespeare fue un artista que fue enaltecido por el público de la época por presentar unas obras que en realidad fueron creadas por su mecenas: un hombre anónimo de clase aristocrática y noble, educado dentro de los círculos de la corte, que para no perder su vocación de escritor por temor a verse presionado por su posición social, encubrió su identidad bajo un nombre y una identidad falsos.

EL TEATRO DENTRO DEL TEATRO

Anonymous-007La voz de Shakespeare era la de un genio que consiguió reunir la tradición con el periodo isabelino. Durante la época isabelina, se daba especial importancia a la interpretación, no tanto al decorado, ya que era el poder de la palabra expresada en verso.

Al principio, las representaciones se hacían en los inns: posadas donde actuaban los cómicos. Tenían una planta poligonal, estrechándose por delante, y los espectadores rodeaban la escena por tres de sus lados; al fondo del escenario, había una especie de soportal con un hueco en medio tapado por una cortina con dos puertas a cada lado para la entrada y salida de los actores y a modo de balcón, había una torrecilla donde tocaban los músicos. Sobre todo ello, había una bandera que se izaba al iniciar o terminar la función. En estos teatros, la música era un elemento esencial de acompañamiento de la escena y para separar los actos. No existían los entreactos en el sentido de interrupción de la obra, porque no consideraban buena la interrupción del espectáculo, por lo que la representación podía alargarse durante horas.

Al teatro acudían gentes de todas clases, aunque el precio era diferente; por ejemplo, si se deseaba sentarse, había que pagar el doble, o si deseaba sentarse sobre un cojín y ser visto, pagaban la tercera parte. Por aquella época, era habitual acudir al teatro, por eso los dramas debían gustar a todo tipo de gente y se procuraban representar todo tipo de temas: guerra, amor… Los actores eran los que pagaban a los autores para interpretar su obra y cada compañía tenía un aristócrata, un apoderado moral. A pesar de ello, el Consejo Real hacía censura a la obra por si había sexo, maldad, manifestaciones en contra de La Iglesia o de la Realeza. William Shakespeare introduce lo del teatro dentro del teatro, que consistía en una reinterpretación dentro de la misma obra; además, nos presenta la importancia del soliloquio, como potencia de retórica y teatralidad, que nos ayuda a comprender el pensamiento del personaje.

Por la guerra civil que afecta al país en 1640, se produce un cierre de los teatros influyendo en la mitad de la vida de Shakespeare; por eso, a partir de entonces el teatro comienza a ser más aristocrático, alejado de la corona y la plebe.

HAMLET

commoiseshamletlibro-2-0El protagonista es Hamlet, príncipe de Dinamarca, hijo del reciente fallecido rey. Su tío Claudio, tras matar a su hermano, se casará con la esposa del soberano, la reina Gertrudis, madre de Hamlet, por ambición a la corona. Tras un encuentro con el fantasma de su padre, Hamlet buscará culpabilizar a su tío del asesinato.

Es una leyenda del siglo XII que el danés Saxo Grammaticus reunió en su “Gesta Danorum”, publicada en 1514, cuya única diferencia es el final feliz con el victorioso príncipe Hamlet. Está escrito en latín y muestra los conceptos romanos como el heroísmo y la virtud. Sin embargo, probablemente Shakespeare leyera a Francois de Belleforest de “Histories Trafiques” del último tercio del siglo XVI, 1570, quien duplicó la longitud de la obra introduciendo la locura de Hamlet. Otras obras que tendrán trascendencia como referencia a este tema son la saga de Hrolf Kraki o Bruto.

No obstante, parece ser que la principal referencia fue una obra que hoy en día está desaparecida, cuyo título es “Ur-Hamlet”, escrita por Thomas Kyd. Éste drama fue interpretado por primera vez en 1589, por lo que la compañía para la que trabajaba Shakespeare pudo haber comprado la obra para representarla y donde el propio Shakespeare pudo haberla modificado; otros dicen que la obra pudo surgir tras la muerte del hijo Shakespeare, que le llevó a escribir la tragedia de la pérdida.

Muchos han interpretado la obra como la vacilación del príncipe para matar a su tío, otros entorno a las vacilaciones filosóficas de lo que conlleva un asesinato, pero últimamente se ha especulado que sea una muestra del amor de Hamlet por su madre (complejo de Edipo).

hamlet-shakespeareLa obra, desde todos sus puntos, es inexplicable. No es ni psicológica, ni filosófica, ni histórica. Es una obra poética. El personaje de Hamlet es completo como figura e imagen. No es un loco ni un criminal, sino una creación poética, un carácter complejo y necesario. Hamlet es de naturaleza noble, idealista, muy sensible, que entra en conflicto con el Mal de la vida, por eso no es capaz de hacer juego de las pasiones humanas, o mentiras y traiciones. Entorno a él, todo es mentira y falsedad, excepto Ofelia y Horacio, personajes que se distinguen por su inocencia. Hamlet no es un hombre de acción ni un guerrero, es un príncipe moderno de naturaleza reflexiva que encontrará dificultades para restaurar sus heridas. Antes de matar, Hamlet debe justificar las acciones mediante la palabra: retórica.

Hamlet no trata de la venganza, sino de la teatralidad (la propia mente de Hamlet es un teatro): comienza con la venganza, luego se mueve por meditaciones de obras y autores, viaja a la mente creativa de Shakespeare y por último, la tragedia de un hombre que muere burlado por la muerte y burlándola a ella. Al cabo de los siglos, Hamlet sigue siendo el drama más experimental jamás montado.

Se han realizado multitud de adaptaciones cinematográficas de esta magistral obra de Shakespeare, entre las más conocidas y valoradas, tenemos la de Laurence Oliver (1948) y la de Kenneth Branagh (1996), esta última ambientada en una etapa más moderna aunque recogida la obra completa del dramaturgo en su totalidad en las cuatro horas de duración.

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MARTA GARCÍA OUTÓN

“El amor es una parte del alma misma, es la misma naturaleza que ella, como ella, es un chispa divina, como ella es incorruptible, indivisible, imperecedero”. (Los Miserables, Victor Hugo)

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Los Miserables es una obra escrita por Victor Hugo. Como también vemos en El Jorobado de Notre Dame o Noventa y tres, el escritor francés nos demuestra su inquietud por la miseria humana, implícita en la moral de los hombres, y a la vez enaltece la nobleza de corazón y de espíritu. Victor Hugo, detrás de la trama principal, que nos cuenta la huída y la redención del preso Jean Val Jean, nos expone el transfondo social y político de la Francia del siglo XIX. Nos muestra una sociedad de contrastes, de clases, donde uno encuentra la bondad entre la gente más humilde y maldad en los que persiguen la justicia a ciegas.

La obra de Los Miserables acontece entre el año 1815 y 1833, en los últimos momentos del gobierno de Napoleón y la llegada del nuevo monarca absolutista, Luis XVIII. Nos introduce en la tensión política, aún contagiada por la reciente Revolución Francesa y la naciente defensa de los derechos del hombre, y en la imagen desfigurada de una Francia aún marcada por un proceso político revolucionario.

Éste año, 2012, se cumple el 150 aniversario de la obra de Los Miserables de Victor Hugo. Adam Gopnik de The New Yorker, asegura que es un acontecimiento digno de celebración porque significa “que las viejas historias pueden seguir siendo las mejores historias”. Sin embargo, entre las múltiples adaptaciones de la obra, la más exitosa fue la representación musical en París en el año 1980, en la cual se ha inspirado la recién estrenada película, también musical, de Tom Hopper (El discurso del rey). No obstante, también cabe resaltar la película de Bille August (Pelle el conquistador) de 1998, que contrasta enormemente con la narración y la puesta en escena de la cinta musical; ambas estrenadas el 25 de Diciembre.

1998 Les miserables - Los miserables (fra)

Bille August, director danés, fue ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes en dos ocasiones con Pelle el conquistador y Las mejores intenciones, además de otros reconocimientos internacionales. Entre muchas de sus virtudes, cabe destacar la poesía visual de sus obras y su gran conocimiento de la psicología humana; características bastante acentuadas en su película de Los Miserables.

La adaptación de la obra de Victor Hugo por Bille August es larga e intensa dramáticamente hablando. Se centra en la transformación del personaje de Jean Val Jean (interpretado por Liam Neeson) y el duelo moral existente entre éste y su rival, el policía Javert (Geoffrey Rush). La elección de estos dos actores favorece en un equilibrio excepcional de fuerzas, un combate elogiable entre el protagonista y el antagonista gracias a la admirable calidad interpretativa de ambos. El director acertó con su actor principal, ya que Liam Neeson aporta esa presencia imponente de un hombre miserables-1998-07-gque ha vivido sus últimos veinte años realizando trabajos forzados, pero además, también nos presenta de un modo magistral ese contraste entre dos identidades: la del preso Jan Val Jean y el nuevo Jan Val Jean, en quien se resalta especialmente los valores cristianos de caridad, nobleza y bondad, por ejemplo, en el socorro de aquellos que son despreciados por la sociedad, como la prostituta Fantine, cuya hija permanecerá a los cuidados de Val Jean. Por otro lado, Geoffrey Rush consigue ofrecer a su personaje de una presencia que impacta en escena, subrayando ese duelo psicológico del policía en la defensa de la moral, aunque desfallece con la impresionante interpretación y presencia de Liam Neeson. Los personajes secundarios, en cambio, quedan algo ensombrecidos por el protagonismo de los actores principales, entre los que encontramos a Uma Thurman en el papel de Fantine. La escenografía aporta un realismo destacable, que mezcla una bella fotografía que atrae inmediatamente la atención a los paisajes naturales y sociales de Francia en el siglo XIX. Además, la banda sonora de Basil Poledouris introduce las notas emotivas del film, añadiendo un especial énfasis a las notas en los momentos donde se resalta la acción noble del protagonista o los acontecimientos más épicos de la obra.

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En la película musical de John Hopper, conocido por la oscarizada película de El discurso del rey y otras series premiadas (John Adams) en cambio, se retrata de una manera más general lo narrado en la historia de Victor Hugo. Al ser la primera adaptación del musical de 1985, en donde también encontramos la mano del creador de las letras musicales Claude-Michel Schönberg y la producción por el mismo promotor del musical, Cameron Mackintosh, ésta nueva película de Los Miserables tiene una presentación más teatral que fílmica, donde prima la espectacularidad de MISERABLES-articleLarge-v3los escenarios y la calidad musical de los actores. La elección de Russell Crowe (Gladiator) para el papel de Javert y Hugh Jackman (X-Men) para interpretar al protagonista, parece que obedece más a parámetros comerciales que dramáticos; no obstante, cabe destacar la presencia influyente, aunque escasa, de Anne Hathaway personificando a Fantine, quien posiblemente gane un Oscar, además de otras personas que ya actuaron en el musical de Broadway, como Samantha Barks haciendo de Éponine. Aunque la cinta no está a la altura de lo que se presentó en la obra teatral, como dicen algunos críticos, los elementos técnicos, en especial su puesta en escena (la escena y el sonido se grabó a la vez, y después se le añadió la orquesta) y la decoración artística (el color y el vestuario obedece a los parámetros de la época, en especial imitan el estilo artístico de Delacroix y Goya), rellenan el vacío emocional que dejan los personajes y por lo cual, se podría conseguir un oscar.

Victor Hugo, en Los Miserables, resalta la posibilidad de la redención, la transformación interior de uno mismo motivada por el transcurso de la historia y la relación con Dios. La película de Bille August se centra en la eterna lucha entre el bien y el mal, así como la confrontación constante de uno mismo para encontrar su camino hacia Dios; mientras que la adaptación de Tom Hopper enaltece el valor de la justicia y la bondad y destaca la esperanza de la redención en el encuentro con Dios. Dos obras diferentes pero con un fondo igual de transcendente y esencial para la actual sociedad posmoderna.

MARTA GARCÍA OUTÓN

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J.R.TOLKIEN: pensamiento y simbología en el cine y la literatura

BIOGRAFÍA:

El apellido Tolkien es de procedencia sajona (tollkühn: “temerario”). Nació en Sudáfrica, donde pasó parte de su infancia hasta que, a la edad de tres años, se acentuó la enfermedad de su padre, director del Banco de África. Entonces, él, su madre y su hermano se trasladaron a Inglaterra, un país que aún continuaba creciendo, donde bullían constantes innovaciones, tecnologías, nuevos cambios sociales y sobretodo, económicos. Pronto sucedió la muerte de su padre y con una bajada de ingresos, su madre se ocupó de su educación.

John Ronald enseguida demostró un gran interés por la botánica y los idiomas (su madre le introdujo las bases del latín). Más tarde se inscribió en St.Philip’s School y en el Exeter College de Oxford.

En 1900 su madre se convirtió al catolicismo, hecho que repercutió muchísimo en la espiritualidad posterior de Tolkien y por ello, la confección baptista, que les había estado prestando el dinero para el sustento familiar, se lo retiró. Cuando él cumplió los doce años, su madre Mabel murió por una enfermedad y durante toda su vida, John Ronald estuvo convencido que falleció como mártir de su fe. A partir de entonces, siguió el cuidado y educación del padre Francis Xavier Morgan, cura católico andaluz.

A los veinte años, formó una sociedad secreta junto (“Club de Té y Sociedad Barroviana”) con tres amigos, que se reunían en Barrow’s Stores compartiendo su inspiración literaria. Tras su graduación y matrimonio, en 1916 Tolkien ingresó en el ejército británico para combatir en la Primera Guerra Mundial y fue enviado a Francia como teniente segundo, especializado en lenguaje de signos. Al enfermar en las trincheras, fue trasladado de nuevo a Inglaterra.

Mientras se recuperaba, Tolkien elaboró sus escritos (“El libro de cuentos perdidos”) y tras la guerra se puso a trabajar como lexicógrafo en la redacción de Oxford English Dictionary, donde trabajó el origen de la etimología de las palabras germánicas. Esto le condujo a dar clases en la Universidad de Leeds de Lengua inglesa y en 1925, marchó a la Universidad de Oxford para dar clases de anglosajón. Durante esos años fue cuando elaboró “El Hobbit” y los volúmenes de “El Señor de los Anillos”. Fue su amigo C.S. Lewis, profesor y escritor, compañero en el círculo literario Inklings (club donde intercambiaban poemas y escritos), quien le animó a que publicara la obra de “El Hobbit”. Su relación con Lewis era algo discrepante; aunque compartían un talento parecido con la literatura, así como la simbología religiosa y mitológica, Lewis era agnóstico y luego se hizo protestante.

A partir de sus primeras publicaciones, Tolkien comenzó a recibir solicitudes de visitas a diferentes países, especialmente Estados Unidos, para que hablara de sus obras. En 1961, por propuesta de Lewis, fue propuesto para el Premio Novel de Literatura, pero finalmente no se lo dieron, considerando su escritura como algo pobre. Sin embargo, recibió el título de doctor honoris causa por varias universidades y en 1969 fue nombrado por la reina Isabel II como Comendador de la Orden del Imperio Británico.

Tolkien murió en 1971, con 81 años y fue enterrado en Oxford junto con su mujer, en cuya tumba se ve escrito los nombres de “Beren” y “Lúthien”, dos personajes (una elfa y un mortal) de su obra “El Silmarillion”.

FUENTES MITOLÓGICAS Y LITERARIAS:

Las fuentes de la creación literaria de Tolkien se recrean entorno a diversas variantes.

Por un lado, y la más evidente, es su base medievalista (fue, recordemos, profesor en Oxford de la materia medieval, además de que, ya desde pequeño mostraba un gran interés por las historias y leyendas relativas a esta época). Como podemos ver en sus obras, existen detalles que hacen referencia a este periodo histórico, por ejemplo, el ambiente caballeresco, la corte real, el esquema social (rey, nobles y vasallos), las indumentarias, las tradiciones… camuflado con un lenguaje mitológico y legendario que nos recuerda a los antiguos poemas épicos de “El Rey Arturo” o “Beowulf” (los personajes se desenvuelven en un mundo donde habitan criaturas y seres de características especiales).

Las notas fantásticas las encontramos en la generación de fenómenos naturales incorporados con la herencia Animista, como por ejemplo, el hecho que los objetos puedan tener vida propia (los anillos, el palantir…); o la introducción de palabras mágicas que favorecen en la posesión del sujeto u objeto (la escritura en el anillo, la puerta de acceso a Moria…) o incluso en la aparición de brujas y magos con la capacidad de predecir el futuro o con poder sobre los elementos (tierra, agua, fuego…)… Todo ello esconde una fuerte simbología traída desde la mitología.

Hemos de puntualizar que esta pasión por lo medieval recae especialmente en la tradición anglosajona y escandinava, más que en la británica o artúrica; es decir, contiene una fuerte inspiración de la literatura nórdica. Algunos ejemplos:

  • La raza HOBBIT: La inspiración de Tolkien para crear a los hobbits, pequeños seres, anchos, graciosos, de especial gusto por el tiempo de ocio y la festividad, retirados a un ambiente familiar y campestre, nos recuerdan a los traviesos elfos de largas orejas puntiagudas y de trajes rústicos del mundo teutónico, y más tarde irlandés.
  • Los ELFOS hacen referencia a divinidades, inspirados en seres de la mitología germánica, pero recogiendo la tradición antigua que habitan junto con los habitantes del Valhala (cielo de los vikingos). Los elfos son como ángeles-semidioses, seres luminosos (la palabra “elfo” significa: “luz blanca”). Tolkien los llamó elfos (“elfs”) específicamente para diferenciarlos de los elfos típicos de la mitología céltica (“elves”).
  • El pueblo de ROHAN: Recordemos a estos valientes guerreros, especializados en la caballería, orientados bajo un firme código de lealtad y honor, fieles a un rey también guerrero, aislados y poco comunicados con el resto de pueblos, dueños de las praderas. Su cultura, organización social, su lengua… nos facilita su vinculación con esos personajes escandinavos de la mitología; sin embargo, sus características tienen una relación más cercana a nuestra propia realidad histórica y enseguida nos viene a la cabeza la época de transición del mundo antiguo a la era cristiana, con esos jinetes bárbaros asentados en el norte del territorio romano, provenientes de las estepas del este. Son los pueblos visigodos, el de los hunos bajo el mandato de Atila, o el de los ostrogodos. Ya vemos las escenas en el gran hall de Rohan, el rey junto a su consejero, o las celebraciones y banquetes en largas mesas ante el trono del rey o la honra funeraria a los valientes guerreros, así como a su señor… son imágenes de la tradición bárbara durante esos primeros siglos de la Edad Media. Parecidos demostrables de ciertas escenas de corte, así como sus personajes (Eowyn, Theoden o el consejero del rey, Grima) con la leyenda de “Beowulf”.
  • El ANILLO ÚNICO viene de “La Heda Antigua” y la mitología alemana y anglosajona “Cantar de los Nibelungos”, con la referencia a los anillos mágicos que otorgan poder. Ej: el rey de los enanos, Alberico, es arrebatado por el dios del Mal (Loki); Alberico maldice a todo portador que lleve su anillo. Por otro lado, el anillo de Odín también otorga poder y además, como el de Sauron, genera más anillos que dependen de él.

 Por otro lado, la creación de un nuevo lenguaje y gramática era por una cuestión de estética. Para la lengua de los elfos (quenya), por ejemplo, Tolkien se inspiró en el latín y el griego; con la lengua anglosajona antigua creó el idioma de los Hombres del Este y la finesa ayudó en la elaboración de otras expresiones élficas. Por ejemplo, la tierra de Mordor, curiosamente, proviene de una palabra anglosajona (“morthor”), que significa “muerte, crimen, tormento”; o el nombre de Théoden, el rey de la Marca, debe su nombre al sustantivo anglosajón “théoden”, cuyo significado es “Señor, príncipe” y los nombres de Gandalf y Frodo fueron recogidos de dos reyes noruegos de la literatura escandinava.

Sin embargo, como podemos ver en todas sus obras, Tolkien nos propone una nueva mirada hacia el mundo medieval, personificando el ideal del héroe caballero en unos personajes que no habrían sido fuente de muchas inspiraciones legendarias: en unos pequeños seres de aspecto rudo y de cultura ociosa, los hobbits; en un hombre que huye de su destino, Aragorn; de guerreros que triunfan y se sacrifican por los demás aún siendo despreciados en sus hazañas, como Faramir y Eomer…

Influenciado por la transformación de la leyenda original artúrica y otras obras más antiguas en relatos morales y didácticos, Tolkien nos presenta con esta nueva cara de una novela de caballerías de corte medievalista los reconocidos valores herederos del Cristianismo (Dignidad, Espiritualidad, Nobleza, Caridad…), valores que difícilmente veríamos en una historia realmente basada en una situación de la Edad Media, donde quien realmente valía era el que sabía conseguirse lo mejor, sin importar los medios.

Como ya se expuso en la biografía, Tolkien fue un devoto católico y la influencia de su religión en la creación de sus obras es evidente; algo que reconoció diciendo en una de sus cartas: “El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica“. En sus obras, expresa la idea de la creación (como podemos leer en el Silmarillion; que por cierto, hace una clara alusión a la separación del Demonio de Dios), así como las verdades del Misterio y del hombre.

Fijándonos en la trilogía del Señor de los Anillos, inicialmente reconocemos esta influencia en la clara presencia de una lucha entre el BIEN y el MAL: la oposición entre la luz y la oscuridad, el blanco y el negro… esta simbología la encontramos permanentemente a lo largo de los tres libros, representando, por ejemplo, a los nueve jinetes nazgul con capas negras (de un aspecto similar a la muerte); o la magia de Gandalf blanca frente al poder del fuego de la criatura de Moria…

La obra gira entorno a un anillo que fue creado en secreto con la intención de albergar un poder capaz de someter al resto de anillos, así como a todo aquel portador que no fuese su creador. Dicho anillo, generado por el mismo Mal del fuego, alberga una fuerza que, en sí misma, atrae al alma de toda criatura su más completa corrupción. En una descripción mitológica, el anillo de poder que ha de llevar Frodo hasta el Monte del Destino, como ya expusimos antes, pudo ser recogido de los antiguos cuentos germánicos (“El tesoro de los Nibelungos”) o de la mitología nórdica (el anillo de Odín); sin embargo, en una interpretación simbólica y siguiendo los pasos católicos del autor, la esencia del anillo nos presenta al propio pecado (un poder que corrompe, no sólo físicamente, sino también interiormente, al alma). El Anillo es símbolo de orgullo y poder. Representa todo lo que nos arrastra al reino de tinieblas del Señor Oscuro [el Diablo], tentándonos a ser como él en su rechazo a los planes de Dios sobre nuestra vida. La invisibilidad que envuelve al portador, corta con las relaciones normales con quienes nos rodean, nos aísla de los demás, creando una imagen falsa del propio “Yo”, despreciando cualquier otro “Tú”.

Sauron, por tanto, se presenta como el Mal, el ángel caído por su soberbia, ambición y envidia. Y con la creación del anillo, pretende actuar en la sombra de su debilidad, manejando las almas buenas de aquellos que están destinados a hacer un gran bien transformando su luz en oscuridad. Su tentación es como la del Diablo: obtener el poder y la capacidad de elegir el Bien y el Mal y convertirse en dioses. El ejército de Sauron está compuesto por criaturas que finalmente han sido arrastradas hacia la sombra, hombres ambiciosos, criaturas salidas del mismo infierno y los orcos, una representación del vandalismo, con un lenguaje brusco y sucio, de aquellos quienes no respetan nada y destruyen todo a expensas de sus intereses. A diferencia de ellos, los elfos son criaturas de la luz (la palabra “elfo” significa literalmente “luz”), imágenes celestiales, inmortales como los ángeles, que envidian al hombre por su mortalidad mientras que el hombre los envidia por su inmortalidad y que parecen habitar en una realidad completamente ajena al mundo.

Gandalf, aunque muchos lo confunden por su aspecto y papel en la historia con la figura de Merlín, es de inspiración más cercana a la mitología nórdica; y de nuevo me refiero a Odín, pero no a Odín como el Dios guerrero, sino cuando se camufla bajo la personalidad de un viajero, un peregrino gris, que recorre caminos, inventa runas, da consejos y que con su sabiduría ayuda a los hombres. Así, el mago se presenta como una guía de todos los personajes, que los mantiene en la esperanza, en el bien y que además, con su intervención a veces crea milagros. Gandalf es un “maiar” (semidioses encarnados en hombres para ayudar a los humanos). Representa igualmente a Cristo: su luz blanca, como un fuego que expulsa a las tinieblas (Espíritu Santo), resurrección de la muerte, aparece por el Este, libera del mal a las almas…

El camino de la Comunidad hacia su misión: destruir el Mal, el anillo, comienza en la Comarca, símbolo del hogar paternal, donde uno debe decidir hacia donde quiere dirigir sus pasos. Todo hombre, en algún momento de su vida, está llamado a dejar su hogar, para defender y construir su vida, y así, poco a poco, convertirse en un héroe de la humanidad: nuestra respuesta a nuestra existencia. Nuestros cuatro hobbits salen de La Comarca guiados por Gandalf, empujados por el destino que pesa sobre ellos. En su camino, han de encontrarse con Aragorn. Este personaje se presenta inicialmente como alguien misterioso: un trancos, alguien solitario, herrante. Sin embargo, oculta una identidad real y simbólicamente espiritual. Puede ser que haya surgido de una fusión entre el personaje de Arturo y el de Sigfrido; éste último también porta una espada forjada de nuevo con la que mata al dragón. Está configurado como el rey que fue y vuelve a ser (Avalon: Arturo), quien debe restaurar el orden perdido (“El retorno del rey”). Paralelismo con Cristo: Cristo Rey: “porque has asumido el gran poder, y comenzaste a reinar” (Ap 11, 17)— evoca la figura de Carlomagno, restaurador del Imperio, y al ser comparado con un árbol o retoño, prefigura un predecesor de Cristo, como lo es el Rey David.

En el viaje, acabarán uniéndose más personajes hasta formar una compañía de nueve que acoge a todas las razas de la Tierra Media (un elfo, un enano, dos hombres, cuatro hobbits y un mago), que representa el camino tomado por toda la humanidad, que aunque diferentes, todos nos unimos en un mismo fin: el Bien. Como cada uno de nosotros, los miembros se enfrentan a sus propias debilidades (soberbia, envidia, insensated, individualismo, cobardía…), pero a lo largo de la aventura, todos ellos irán liberándose de cada una de ellas. En su paso por Lumédrinael, Galadriel (reina de los elfos, luz de la mañana, imagen de la Virgen, intercesora del Bien), les entrega a cada uno un regalo que les apoyará en su viaje (un regalo predeterminado según la función de cada uno): las lembas (símbolo del pan eucarístico, que con una pequeña porción se obtiene la fuerza necesaria para avanzar), capas de invisivilidad (para ocultarse del mal), pero cabe destacar la luz de Ealendil que le entrega al portador del anillo. Ealendil está basado en un personaje de Tolkien que protagonizaba una historia llamada “Christ”; él era un marino, que como una estrella, guía a los hombres. Y así ejerce la Luz de Ealendil en el camino de la Comunidad: “alumbra en los lugares más ocuros, hasta cuando parezca que ni siquiera quede esperanza”; es la llama del Espíritu Santo, que guía a cada uno de nosotros cuando divagamos en la oscuridad.

La victoria acontece en Minas Tirith, estandarte de los señores de Gondor, último bastión donde se enfrentan todos los ejércitos contra el Mal. Es allí donde Aragorn finalmente es coronado rey y donde se establece de nuevo el orden mundial. El símbolo de la Ciudad Blanca es un árbol: La Biblia comienza con un jardín en el que se encuentra el árbol de la vida, y concluye con ese mismo árbol en la ciudad santa de la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial. El emblema del estandarte de Gondor es, significativamente, un árbol rodeado de siete estrellas: figura de las siete estrellas que son los siete ángeles de las siete iglesias del libro del Apocalipsis. La ciudad de Minas Tirith simboliza la Iglesia militante que lucha en este mundo, y que presagia la hermosura de la Nueva Jerusalén celeste (Ciudad Blanca), como leemos en el Apocalipsis (22, 12-14).

Sin embargo, el pilar sobre el que se levanta la historia, además de la evidente lucha entre el Bien y el Mal, destaca sobre el personaje de Frodo. Él es quien debe arrastrar sobre sí el enorme peso del pecado, de la tentación, caminar solo, con la única compañía insistente de Sam, su mejor amigo. Es en Frodo donde caen todas las esperanzas de la Comunidad y de la Tierra Media entera. Frodo es Cristo, arrastrando sobre sí el pecado del mundo, soportando la tentación por el bien de todos, y caminando hacia el Monte del Destino (Monte de la Calavera), llevando sobre sí la carga pesada del anillo (la cruz del Cristo). Sin embargo, la tarea no la realiza solo, porque él por sus únicas fuerzas no puede, y como un San Cristóbal, Sam ayuda a su “señor Frodo” a cumplir su tarea, llevándolo incluso a cuestas en su ascenso por el monte. Sam, el amigo fiel, es el símbolo del ángel de la guarda, que jamás nos abandona, pase lo que pase, que nos defiende en nuestras dificultades y nos ayuda en nuestras derrotas, pero que jamás nos quita nuestra tarea, que es liberarnos de nuestro propio mal. Así, en la figura de Frodo no sólo vemos la persona de Cristo, sino también a nosotros mismos, llevando y cargando el pecado, y sólo nosotros (aunque con ayuda de los demás), somos los que debemos destruirlo, a pesar de estar continuamente tentados espiritualmente. Gollum, el hombre corrompido, el mal acechante que acompaña a nuestros héroes, es quien, en su último gesto, devuelve a Frodo su deuda, quien una vez había sido perdonado, ahora se encarga de arrancar al portador su carga. Gandalf, ya en nuestro primer encuentro con él, nos había presagiado que tendría un papel que jugar aún en todo esto…

Aunque El Señor de los Anillos termina con el eco de los ángeles (Ainur) evocando el exilio del hombre de la plenitud del amor, de la verdad y de la vida, más allá de la muerte, Tolkien añade un apéndice (Apéndice A, Un fragmento de la historia de Aragorn y Arwen…) que concluye con la impresión de que el regreso a nuestro verdadero hogar aguarda a aquellos que aceptan, aunque sea un “don amargo”, como Aragorn y Arwen, el “don de la muerte”. Hablo de los Puertos Grises. Nuestra aventura termina en los puertos que llevan a los elfos (y a aquellos que espiritualmente lo necesitan), a la otra orilla. La muerte, como divino “castigo” por el pecado, es también un divino “don” si se acepta, pues su objetivo es la bendición final, que produce un mayor bien no alcanzable de otro modo. Gandalf ya le había explicado a Pippin la sensación de permanecer en aquel lugar: una brillante luz, y después, una pradera, donde ya no hay sufrimiento ni dolor. Es, para todos los viajeros que toman esas barcazas de cisnes blancos, el viaje hacia la eternidad, donde, todos los demás se encontrarán una vez hayan terminado su camino.

“El Salvador de la Tierra Media es Aquel que actúa a través del amor y la libertad de sus criaturas, que perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a lo que nos ofenden, utilizando incluso nuestros errores y los designios del Enemigo para causarnos bien. El final de El Señor de los Anillos es un triunfo de la Providencia sobre el Destino, pero también el triunfo de la Misericordia, en la cual el libre albedrío, auxiliado por la gracia, es plenamente vindicado“.

Espero que os haya gustado esta entrada. La información acerca de la interpretación simbólica de la obra de Tolkien ha sido recogida por las palabras expuestas por el catedrático Alejandro Rodríguez de la Peña, especialista medievalista.

1984. Distopía en los medios

Aunque la obra de George Orwell de 1984 nos presenta una sociedad situada temporalmente en el siglo XX, la situación que se describe en ella puede caracterizar perfectamente tanto al periodo en el que se expandió el comunismo y el fascismo (antes y después de la II Guerra Mundial), como al mundo actual y su relación con los medios de comunicación.

Hoy en día, y en muy poco tiempo se ha de añadir, los medios de comunicación han tomado un importante papel en su relción con la sociedad hasta llegar a ser considerados como el Cuarto Poder. Es decir, han pasado de ser el instrumento informador a ser el enlace del ciudadano con la realidad, lo que provoca una seria dependencia de la persona con ese nuevo medio informativo si quiere ser consciente de la existencia y situación del mundo.

Sin embargo, el Cuarto Poder de la obra llega a influir de tal manera en el modo de pensar y actuar de las person

as, que produce casi una completa alienación y pérdida de identidad. Hoy en día, igualmente puede provocar que las personas se vuelvan vulnerables a la influencia de los medios hasta el punto de que les lleve a responder siguiendo lo que ellos dictan. George Orwell denuncia la figura del Estado dictatorial y en su empeño por desfigurar la realidad y la Verdad con tal de mantener a las personas siguiendo una perfecta correlación social en función de un gobierno. Es decir, una excelente manera de “controlar el presente para controlar el futuro. Controlar el pasado para controlar el presente”.

Larswell, autor de la obra “The structure and function of the Communication in Society” (1984), denuncia que los medios de comunicación actúan interviniendo y vigilando su entorno para convertire en un emergente poder

mediático entre la política y la sociedad, por lo que la comunicación se transforma en el canal que favorece una cohesión social. Orwell capta esta idea dominadora proponiendo el interés del Cuarto Poder de mantener una guerra constante (especialmente entre las tres potencias que se dictan en su libro: Oceanía, Euroasia y Asia Occidental) con tal de cargar las culpas a un enemigo y ganarse así la opinión pública. Esto se traduce en el lema que anuncian constanemente en 1984: “Guerra es paz”, es decir, que para mantener la paz dentro del Partido es necesario inculcar un odio hacia un adversario culpable y necesario) y el sentimiento propagandístico de los político es la mejor manera de conseguir la opinión pública.

Para reforzar ese alienamiento de la sociedad, Larswell remarca la influencia de los medios en la sociedad con su insistencia en introducir todas esa noticias que seleccionan previamente antes de sacarlas a la luz para separarlas de aquellas que no quieren que la gente sepa (si no se informan, no existen, ya que la gente sólo conoce aquello que sale en los medios). Por ejemplo, en el libro de George Orwell, todas esas personas que entorpecen la función del Partido, pasan a no existir, a ser “nopersonas”.

En definitiva, el Cuarto Poder hoy en día está cogiendo carrerilla para el control del pensamiento de la sociedad. La realidad no se reduce únicamente a lo que los medios nos presentan, porque muchas veces podrían estar manipulados o sencillamente, pobres y escasos. Para evitar un alienamiento, un “simple pensar”, las personas debemos tener nuestra propia postura crítica ante la  realidad y una curiosidad para buscar y reconocer la Verdad.

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